domingo, diciembre 10, 2006

Elizabeth Bishop





The Fish


I caught a tremendous fish
and held him beside the boat
half out of water, with my hook
fast in a corner of his mouth.
He didn't fight.
He hadn't fought at all.
He hung a grunting weight,
battered and venerable
and homely. Here and there
his brown skin hung in strips
like ancient wallpaper,
and its pattern of darker brown
was like wallpaper:
shapes like full-blown roses
stained and lost through age.
He was speckled and barnacles,
fine rosettes of lime,
and infested
with tiny white sea-lice,
and underneath two or three
rags of green weed hung down.
While his gills were breathing in
the terrible oxygen
--the frightening gills,
fresh and crisp with blood,
that can cut so badly--
I thought of the coarse white flesh
packed in like feathers,
the big bones and the little bones,
the dramatic reds and blacks
of his shiny entrails,
and the pink swim-bladder
like a big peony.
I looked into his eyes
which were far larger than mine
but shallower, and yellowed,
the irises backed and packed
with tarnished tinfoil
seen through the lenses
of old scratched isinglass.
They shifted a little, but not
to return my stare.
--It was more like the tipping
of an object toward the light.
I admired his sullen face,
the mechanism of his jaw,
and then I saw
that from his lower lip
--if you could call it a lip
grim, wet, and weaponlike,
hung five old pieces of fish-line,
or four and a wire leader
with the swivel still attached,
with all their five big hooks
grown firmly in his mouth.
A green line, frayed at the end
where he broke it, two heavier lines,
and a fine black thread
still crimped from the strain and snap
when it broke and he got away.
Like medals with their ribbons
frayed and wavering,
a five-haired beard of wisdom
trailing from his aching jaw.
I stared and stared
and victory filled up
the little rented boat,
from the pool of bilge
where oil had spread a rainbow
around the rusted engine
to the bailer rusted orange,
the sun-cracked thwarts,
the oarlocks on their strings,
the gunnels--until everything
was rainbow, rainbow, rainbow!
And I let the fish go.





El Pez


Cacé un tremendo pez.
y lo sostuve mitad fuera del agua
al costado del bote,
con mi anzuelo clavado
en una esquina de su boca.
No peleó
No tenía que hacerlo después de todo.
Colgado, gruñía pesadamente.
Espasmódico, venerable
y sin atractivo. Aquí y allá
su piel marrón colgaba en tiras,
al igual que empapelado antiguo.
Y su figura marrón oscura
era como empapelado
con aspecto semejante al de rosas todas rendidas
y descoloridas por el transcurso de las edades.
Era un percebe salpicado;
fina roseta de lima
e infestada
con un pequeño y blanco piojo de mar.
Y debajo dos o tres
retazos de yuyo verde colgando
mientras sus branquias –las aterrorizadas branquias-
respiraban el terrible oxígeno,
con sangre fresca y crujiente
que podía cortarlo tan mal.
Pensé en la blanca y áspera carne
comprimida como plumas.
Los grandes huesos y los pequeños huesos;
los dramáticos rojos y negros
de sus brillantes vísceras
y el rosado saco membranoso
como una gran peonía.Lo miré a los ojos
que estaban tan grandes como los míos,
pero debilitados y amarillentos...
Los iris apoyados y empaquetados
con descolorida aleación,
buscaban a través de las lentes
de vieja micas raspadas.
--Esto se pareció más al titilar
de un objeto cuando refleja la luz.
Admiré su cara malhumorada;
el mecanismo de su mandíbula.
Y entonces vi
su pequeño labio.
Podrías llamarlo un labio
rígido, húmedo y parecido a un arma.
Cuatro o cinco piezas viejas
Colgando de la línea de pesca
y un cable guía con el pívot adjunto
a sus cinco grandes ganchos que
crecían firmemente en su boca.
Una línea verde peleando hasta que al final
donde él se quebró en dos líneas pesadas
y un delgado hilo negro
permaneció enredado por el esfuerzo y el chasquido
cuando se quebró para dejarlo escapar.
Como medallas con sus cintas
luchando y moviéndose,
una barba con cinco pelos de sabiduría
que se arrastraba desde su dolorida mandíbula.
Lo observé y observé.
Y la victoria llenó
el pequeño bote alquilado,
desde la pileta de la sentina
donde el arco iris del aceite estaba derramado
alrededor del motor oxidado,
hasta la oxidante carga de naranjas.
El sol atravesaba y partía con sus cuerdas
las horquillas de la borda –Antes que todo
fue el arco iris arcos iris arco iris
Y dejé a los peces ir.







A Miracle for Breakfast


At six o'clock we were waiting for coffee,
waiting for coffee and the charitable crumb
that was going to be served from a certain balcony
--like kings of old, or like a miracle.
It was still dark. One foot of the sun
steadied itself on a long ripple in the river.
The first ferry of the day had just crossed the river.
It was so cold we hoped that the coffee
would be very hot, seeing that the sun
was not going to warm us; and that the crumb
would be a loaf each, buttered, by a miracle.
At seven a man stepped out on the balcony.
He stood for a minute alone on the balcony
looking over our heads toward the river.
A servant handed him the makings of a miracle,
consisting of one lone cup of coffee
and one roll, which he proceeded to crumb,
his head, so to speak, in the clouds--along with the sun.
Was the man crazy? What under the sun
was he trying to do, up there on his balcony!
Each man received one rather hard crumb,
which some flicked scornfully into the river,
and, in a cup, one drop of the coffee.
Some of us stood around, waiting for the miracle.
I can tell what I saw next; it was not a miracle.
A beautiful villa stood in the sun
and from its doors came the smell of hot coffee.
In front, a baroque white plaster balcony
added by birds, who nest along the river,
--I saw it with one eye close to the crumb--
and galleries and marble chambers. My crumb
my mansion, made for me by a miracle,
through ages, by insects, birds, and the river
working the stone. Every day, in the sun,
at breakfast time I sit on my balcony
with my feet up, and drink gallons of coffee.
We licked up the crumb and swallowed the coffee.
A window across the river caught the sun
as if the miracle were working, on the wrong balcony.





Un Milagro Para el Desayuno


A la seis estuvimos esperando por el café;
esperando por el café y por la caridad de las migajas
que como a los viejos reyes o como un milagro
iban a servirse desde el inevitable balcón.
Estaba aún oscuro. Un pié del sol
se estabilizaba a sí mismo en la larga fluctuación del río
El primer ferry del día había cruzado el río.
Estaba tan frío que confiamos que el café
estuviera bien caliente pues veíamos que el sol
no vendría a calentarnos y que por milagro
las migajas podían ser cada una un pan enmantecado.
A las siete un hombre salió al balcón
Permaneció por solo un minuto en el balcón
mirando hacia el río por sobre nuestras cabezas.
Un sirviente le manejo la realización de un milagro
consistente en una sola taza de café y un panecillo
al que empezó a desmenuzar;
su cabeza, por así decirlo, en las nubes, acompañando al sol.
¿Estaba loco? ¡ Qué trataba de hacer
allá arriba, en su balcón, debajo del sol!
Otro hombre recibió otro poco de las duras migajas
las que golpearon desdeñosamente el interior del río
y , en una copa, cayó una gota de café.
Algunos de nosotros permanecimos en los alrededores, esperando por el milagro.
Puedo decirte que lo próximo que vi no fue un milagro.
Una hermosa villa permanecía al sol
y de sus puertas venía el olor del café caliente.
Enfrente, un blanco balcón barroco de yeso
con pájaros adicionados, que anidaban a lo largo del río,
--Los vi con un ojo cerrado por las migajas –
y las cámaras de mármol y las galerías. Mi migaja,
mi mansión, a través de las edades,
hecha para mí por un milagro; por insectos, pájaros y por el río
al trabajar en las piedras. Todos los días, en el sol,
hacia el desayuno me siento en mi balcón
con los pies arriba, y bebo litros de café
Lamemos las migas y tragamos el café.
Al otro lado del río una ventana atrapa el sol
como si el milagro se hubiese conseguido en el balcón equivocado.